Griselda Gambaro, cuyo reciente fallecimiento lamentamos hoy, nos deja como legado una inmensa producción teatral, que consta de más de cincuenta piezas, todas ellas de incuestionable calidad literaria y recorridas por ciertas constantes temáticas que se convirtieron en una suerte de sello personal de la autora: el poder y sus abusos, los vínculos entre víctima y victimario, el lugar de la mujer en la familia y la sociedad. Su teatro marcó, en la década de 1960, una innovación clave en el campo teatral argentino, debido a su estética innovadora, tan rupturista que se volvió casi inclasificable para los académicos: opuesta al realismo hegemónico de la segunda mitad del siglo XX, Gambaro hizo de la escena un espacio abierto al absurdo, la estética neovanguardista y un grotesco renovado.
Durante décadas, a Griselda Gambaro se la reconoció únicamente por su teatro, mientras que su obra narrativa no fue suficientemente valorada, a pesar de ya haber publicado dos nouvelles y su novela Una felicidad con menos pena (1967) cuando irrumpió en la escena teatral como una pionera de la neovanguardia sesentista. Su obra dramática, en cambio, iniciada en 1965 con el estreno de El desatino (si bien Las paredes es un texto dramático anterior, de 1963, no fue estrenado hasta 1966), le valió el aplauso de la crítica especializada y desde entonces su dramaturgia se convirtió en el centro de numerosos estudios críticos, tanto en el país como en el extranjero.
Hace muchos años, Griselda Gambaro me explicó[1] cómo las distintas prácticas escriturarias a las que dedicó su vida, en tanto dramaturga, cuentista y novelista, le permitían acceder a modos diferentes del hacer literario: constituían para ella alternativas de trabajo, así como diversas posibilidades de acceder al público. La escritora valoraba tanto la faceta colectiva del fenómeno teatral como la cualidad particularmente introspectiva de la novela. Así, el teatro le permitía entablar una comunicación social, mientras que la narrativa le ofrecía un espacio para la reflexión muy distinto del que exige la acción dramática.
Además de los volúmenes que recogen sus cuentos, como Lo mejor que se tiene (1998) y Los animales salvajes (2014), por mencionar solo dos, sus diez novelas, entre ellas, Ganarse la muerte (1976), Dios no nos quiere contentos (1979) y Después del día de fiesta (1994), nos permiten reflexionar sobre la crueldad del ser humano y también sobre su compasión, nos muestran cómo mirar el mundo de manera crítica y a la vez piadosa, tal como lo hace la voz narradora de El mar que nos trajo (2002).
Todos los textos de Griselda Gambaro, ya sean dramáticos o narrativos, instauran un universo imaginario anclado en la realidad sociopolítica de nuestro país, según las diferentes épocas de producción. Por ello, además de su calidad literaria, su obra instaura una mirada lúcida sobre la vulnerabilidad de los seres humanos, tanto durante la dictadura como en épocas democráticas atravesadas por un capitalismo capaz de tratar a los seres humanos como desechos. La vulnerabilidad social, los márgenes a los que muchos son confinados y el interrogante sobre la condición humana son ejes temáticos que hacen de su escritura uno de los aportes más valiosos al canon literario argentino de los siglos XX y XXI.
Sus piezas teatrales y sus novelas nos trasmiten su visión del desamparo esencial del ser humano, un desamparo que va más allá de las circunstancias histórico-políticas de un momento o de un país determinados, mediante una perspectiva filosófica que ahonda en la incomunicación y en la soledad, pero evita el facilismo y la renuncia a los propios valores: los textos de Gambaro plantean que, incluso ante las peores adversidades, del ámbito privado o público, la libertad esencial del ser humano se preserva y le permite elegir su propia y única actitud ante las situaciones de opresión o violencia sufridas. Se trata de una libertad espiritual que se sostiene incluso en las más terribles circunstancias de tensión psíquica y física. Estos personajes representan una cosmovisión en la cual al ser humano puede arrebatársele todo, excepto la más esencial de sus posesiones: su libre albedrío para elegir la actitud personal ante las circunstancias que deba enfrentar.
Vale destacar también que Gambaro sostuvo, durante sus seis décadas de producción literaria, una concepción no elitista de la literatura, explicitada en su intención de “servirse de una lengua común y natal para adentrarse en otra lengua que sólo nosotros podemos pronunciar pero que todos deben comprender”[2]: “En la literatura, si hay zonas complejas, nunca deben ser guiños para los entendidos o si hay referencias cultas deben ser lo bastante abiertas como para que haya un segundo sentido u otro sentido adyacente que llegue también a los que no las conocen”[3].
Vamos a echar de menos la lucidez de Griselda Gambaro, plasmada en cada una de sus piezas teatrales, de sus cuentos, de sus novelas, y su rara capacidad de crear universos verbales de desesperación salvaje (donde parece no haber amparo posible) que se alzan, sin embargo, contra lo abyecto del ser humano y le contraponen una axiología positiva encarnada en personajes compasivos y solidarios.
Desde ahora nos van a faltar sus respuestas a algunos de los interrogantes más cruciales del ser humano: desde la pregunta por la función del lenguaje, hasta el significado del silencio en la comunicación humana; desde la reflexión sobre las relaciones interpersonales como desencuentro constante, hasta la posibilidad de sentir al otro como destino y hogar. Vamos a estar solos cuando nos duela el egoísmo y la mezquindad, o cuando nos maravillemos ante la belleza de lo cotidiano, o sopesemos la importancia de nuestras ilusiones ante el sufrimiento inherente a la existencia, todos temas abordados por la escritora. Entonces, vamos a volver a leer sus obras, para comprender, junto con sus personajes, que al inmenso potencial de mal y de violencia que alojan determinadas formas de ejercer el poder, ese “empecinamiento de degradación y de crueldad”[4] al que a veces parece sucumbir la sociedad, se contrapone la enorme capacidad humana de sentir compasión y generosidad. Y, entonces, vamos a resistir y luchar contra el poder abusivo. Tendremos, al igual que el soldado de su “diario literario”, Escritos inocentes[5], una idea “loca, generosa y solidaria”, una “luz en la densa oscuridad” que nos permita valorar y resguardar cada vínculo amoroso, ya que sus textos habilitan una lectura “desde la solidaridad que hay entre los personajes”[6].
A Griselda Gambaro la vamos a tener cerca cada vez que algún elenco ponga en escena una de sus piezas teatrales, cada vez que leamos uno de sus cuentos o una de sus novelas, y también cada vez que nos preguntemos por los mecanismos de funcionamiento del poder (ya sea en su dimensión político-social, ya sea como característica omnipresente en las relaciones interpersonales) y recordemos la fortaleza de su Antígona furiosa o la valentía de su Dolores (La malasangre), esas heroínas tan inolvidables como su legado literario.
[1] Tarantuviez, Susana (1999). “Diálogo con Griselda Gambaro. ‘No escribir es no-estar’”. En: Diario Uno de Mendoza, Suplemento “El Altillo”, domingo 7 de noviembre de 1999, p.3.
[2] Gambaro, Griselda (1999). Escritos inocentes, Buenos Aires: Norma, p.37.
[3] Ibidem, p.64.
[4] Gambaro, Griselda (1979). Dios no nos quiere contentos. Barcelona: Lumen, p.251.
[5] Gambaro, Escritos inocentes, ed. cit., p.p.48-51.
[6] Declaración de Griselda Gambaro en la entrevista que le realizamos en Don Bosco, Buenos Aires, el 18 de octubre de 1999.