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Beatriz Elena Curia, “la rubia del tercero”, in memoriam

Murió mirando el Plata, como lo hizo al nacer; pero su corazón todavía guardaba latidos fuertes para Mendoza, la tierra de su juventud y de su formación profesional. La tierra de los amigos.

15 de septiembre de 2026 Por: Hebe Molina
imagen Beatriz Elena Curia, "la rubia del tercero", in memoriam

Para quienes no la conocieron, se la presentamos: extendió su vida desde el 17 de noviembre de 1944, hasta el 12 de setiembre de 2026. En esta Facultad de Filosofía y Letras se recibió de Profesora, Licenciada y Doctora en Letras (1981). En ese momento, su director de tesis, el Dr. Adolfo Ruiz Díaz, reconoció que la discípula estaba superando al maestro. Se desempeñó como profesora titular de Introducción a la Literatura y de Literatura Argentina I hasta que se casó y se trasladó a Buenos Aires a fines de 1989. Cuando la UNCuyo comenzó a financiar proyectos de investigación, fue pionera en temas tales como el humor y la comicidad en la Generación de 1837 (asunto que, por ese entonces, parecía poco académico) y, especialmente, en la crítica textual, perspectiva teórico-metodológica que la apasionó tanto que creó el Centro de Ecdótica y Crítica Textual – Literatura Argentina (CECTLA).

En Buenos Aires, dictó seminarios de posgrado en la Universidad del Salvador; también, cursos y conferencias en la Universidad del Museo Social Argentino y la Sociedad Científica Argentina. Codirigió la revista Palabra y Persona, del Centro Argentino del P.E.N. Club Internacional. El Conicet reconoció sus valiosos aportes a la ciencia literaria y la promovió a la categoría de investigadora principal. Y la Academia Argentina de Letras la incluyó entre sus miembros.

Tal vez, para los alumnos sea una de las tantas “bibliografías” de consulta obligatoria: por ejemplo, La concepción del cuento en Adolfo Bioy Casares (1986), donde se hallan jugosas definiciones de cuento, lo fantástico y el humor; Múdenos tan triste suerte: Sobre el Romance de Luis de Miranda (1987), en el que la optación final del primer poeta devino en su ruego permanente por la Argentina; “Amalia, novela histórica” y los artículos posteriores sobre el texto de Mármol (1883-2001); El primer novelista argentino: Miguel Cané (padre) 1812-1863 (2012), Primer Premio Municipal de Ensayo Inédito (Buenos Aires); además de las ediciones críticas de Cuaderno de fábulas de Felipe Senillosa (1990), El Señor Anrumarrieta (1999) y otras publicaciones periodísticas montevideanas (2005); María de Montiel, novela de Mercedes Rosas de Rivera (2010), por nombrar algunas.

Quienes somos sus discípulas, repartidas por distintos parajes de la Argentina y del éter (Bettina Ballarini, María Carolina Sánchez desde Tucumán, Nuria Gómez Belart desde Buenos Aires, Mayra Bottaro desde Tres de Febrero, entre otras) podemos afirmar con admiración y orgullo que Beatriz Curia era (y es) mucho más que un CV: es la maestra generosa. Nos enseñó literatura, nos formó como investigadoras perseverantes y rigurosas, nos motivó para pensar con criterios lúcidos y propios. Nos contagió la libertad de su pensamiento firme y consistente.

No exageramos. Colegas de otros ámbitos también la recuerdan con dulces palabras:

“Pocas personas como ella, brillante, generosa y alegre” (María Laura Pérez Gras, directora del Doctorado en Letras, USAL, e investigadora del Conicet); 

“No fue solo una brillante investigadora, sino una maestra para muchas de nosotras. No sé si es por la distancia, pero la he estado recordando mucho estos años por distintos motivos aquí en Valencia; su calidez, sus palabras justas, su entusiasmo en cada tarea que emprendía y su pasión por el rescate de nuestro acervo literario siempre estarán en mi memoria y en mi corazón” (Marina Guidotti).

El gabinete 321 tiene recuerdos similares porque, en él, Betty atendía alumnos con interés y paciencia, trabajaba en sus investigaciones y conversaba con colegas sobre lecturas, sobre los problemas de la universidad y sobre su amada y sufrida Argentina. Era la profesora personalísima, de blonda cabellera, ojos verdes profundos y faldas largas, que no seguía modas en la vestimenta, ni en las ideas. Era pensamiento coherente y corazón demostrativamente afectuoso.

Con estos dones, conquistó a un porteño, el poeta y filósofo José Isaacson. Tal para cual, podríamos decir. Él halló en Beatriz la musa que le faltaba y en Canciones (1999) le escribió poemas como este:

El encuentro

Fuiste un nombre

un dibujo musical.

 

Presentidas melodías

te anunciaban.

 

Casi detrás del horizonte

descubriste

al interlocutor largamente esperado.

 

Despedir la soledad

afirma mi presencia.

 

Eres el puerto imaginado.

 

Las luminarias del día

y de la noche

recobraron antiguos esplendores.

 

Interminables navegaciones

nos aguardan.

 

Naveguen en paz por el cielo infinito, queridos amigos. Y a vos, Betty, te renuevo la promesa que te hice hace poco: la edición crítica de Amalia, que iniciamos en 1981 y que las malas rachas han estorbado empecinadas, verá pronto la luz gracias a la labor de una nueva generación de jóvenes amantes de nuestra literatura decimonónica. Como nos enseñaste, seguiremos construyendo cadenas de estudio, trabajo y amistad. Por vos y por la Argentina.

 

Hebe Molina

 

Posdata:

Nuestra colega de Filosofía, Angélica Gabrielidis de Luna, te saluda con amoroso dolor:

“Querida Betty: Te llevaré siempre en mi corazón como la gran amiga con la que compartimos la vida, con sus luces y sombras, desde aquel día en que nos conocimos, a través de Clara Jalif, en el hall de la facultad de la calle Las Heras 430, cuando nos inscribíamos como alumnas de Filosofía y Letras. El enorme vacío de tu partida solo se mitiga con la esperanza del reencuentro. Hasta siempre, querida amiga”.

 

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