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Quino también estuvo en FFyL, de la mano de Mafalda

01 de octubre de 2020, 12:24. Por: Dra. Gladys Lizabe (FFyL, UNCuyo).

Quino también estuvo en FFyL, de la mano de Mafalda

Télam. Ampliar imagen


La primera vez que tuve contacto con Quino fue a través de Roberto Lavado, uno de sus sobrinos y amigo de mi hermana, quien generosamente me pasó el número de teléfono de ese “mendocino famoso en el mundo” que vivía en Milán. Allí también había llegado yo y como cualquier extranjera, busqué anclarme para entender ese nuevo mundo al que me incorporaba. Cuando lo llamé, Quino me regaló con inmensa gentileza y lentitud entre frase y frase su tiempo y experiencias para ubicarme en un nuevo mundo, alentar expectativas y prepararme para la batalla de cualquier inmigrante en nuevas tierras.

Pasaron muchos años, más de diez, y ya de vuelta en Mendoza, me encontraba en la Facultad de Filosofía y Letras organizando unos cursos de español lengua extranjera para estudiantes norteamericanos y había que buscarles nombres a los cursos. Las posibilidades iban desde nombres geográficos a los de deportistas y artistas de Argentina, hasta que apareció Quino de la mano de Mafalda, esa hija que biológicamente nunca tuvo, y su familia con Susanita, Felipito y Guille. Estos personajes eran ideales porque la infancia los hacia tiernos, queribles y amigables para los estudiantes que, llegados a la UNCuyo, debían superar el shock cultural ante lo desconocido, la diferencia y la otredad. Que mejor, entonces, los niños de Quino. Así, nuestros cursos se bautizaron e identificaron como Mafalda- a él pertenecían los estudiantes que sabían o pretendían saber mucho español-, Susanita- los que tenían un nivel intermedio superior y debían llegar a los niveles de la conversadora por naturaleza-, Felipito- estaban en intermedio básico y tenían que ascender en su aprendizaje- y Guille- los balbuceantes que daban sus primeros pasos en español. Si bien los estudiantes sabían el nombre de su grupo, pocas veces conocieron las razones lingüísticas de la elección.

Así Quino comenzó a ser parte de FFyL con los nombres de sus criaturas, con sus biografías, con datos sobre el propio e ilustre mendocino que le otorgaba un inesperado valor agregado a la elección de Mendoza y de nuestra Universidad para el estudiante de movilidad: aquí no solo habían bellezas naturales para disfrutar, sino también la vida apacible del interior, un campus “con todo adentro”-, el poder caminar y gozar de una ciudad hecha a mediada humana… A todo ello, ahora se sumaba que era la tierra de un mendocino internacionalizado y famoso en el mundo, de un dibujante a la altura- o más- de los mejores, aspecto de gran peso para los estudiantes norteamericanos al momento de elegir dónde ir a estudiar fuera de su país. Ahora resultaba más valiosa la elección de Mendoza y de la UNCuyo porque de allí provenía quien había logrado trascender fronteras, insertarse en el mundo del arte y ser famoso: Quino.

Pero esta historia estaba inconclusa porque faltaba algo más: conocer más entrañablemente a Quino durante su vida en Mendoza. De nuevo la figura salvadora de Roberto, su sobrino, me puso en contacto con el “hermano del medio” de Quino con quien tuve una de las charlas que más atesoro. Y verán por qué.

Roberto Lavado padre se presentó así: “soy Roberto, el hermano del medio de El Quino” y contó pormenores de su papá y mamá que “habían escapado de España porque eran republicanos y que si no escapaban, los mataban”. De allí comprendí que el espíritu republicano se había colado a su manera en la información genética de Diego Lavado, destacado penalista y defensor de los derechos humanos. Supe que la familia de Quino “había vivido en San José, en una casa de la calle 12 de octubre y luego en Saavedra 318”. A esta última había ido Quino en una ocasión en que había vuelto a Mendoza; su alegría fue inmensa cuando logró sacar de la casa medio destruida un trozo del papel que cubría las paredes de la habitación de sus padres.

También Roberto se sorprendió a si mismo cuando relató: “somos tres hermanos casados con tres hermanas; el único que no tiene hijos es El Quino pero adora a los sobrinos y los ha ayudado mucho”. Del orden familiar y amor fraterno, comentó: “Mi hermano mayor vive en San Rafael y yo en esta casa. Hemos sido muy afortunados por los padres que tuvimos aunque fuimos huérfanos de chicos. Primero murió mi mamá y luego mi papá, por eso nos crió un tío que entendió a El Quino”. Se refería a Joaquín Tejón que lo “entendía” porque él mismo era ilustrador, sabia de vocaciones y talentos.

Cuando se refirió al mundo de la infancia en común en San José de los tres hermanos, recordó haber estado “rodeado de extranjeros, estando mucho en casa, con mi madre, sin tomar mate ni otras costumbres de argentinos”. Y de la adultez comentó que el hermano de San Rafael y él se habían ayudado para recibirse: el mayor al del medio y ambos a Quino sobre todo cuando “no terminó la Escuela de Bellas Artes- la de Pedro Molina y España- , y se fue a Buenos Aires”.

La confesión que más atesoro es la siguiente: “El Quino tenía un trato con nuestra madre; todas las noches, la mesa de la cocina quedaba limpia y reluciente para que El Quino dibujara ratos y ratos allí. A la mañana siguiente, la mesa volvía a estar tan impecable que El Quino siempre tenía donde volver a dibujar”.

Sin duda, en el futuro Quino encontraría en una hoja de papel su instrumento preferido para inventar a su famosa familia con Mafalda a la cabeza, aunque el origen fuera la humilde mesa de cocina de la casa familiar que su madre limpiaba noche tras noche. Posiblemente esta mesa fue también la hoja en blanco en la que su creatividad y originalidad dibujaron sueños e ilusiones, esperanzas y desesperanzas, batallas perdidas y otras ganadas. En ese, su cuarto propio, El Quino y su madre hicieron un trato y encontraron un lugar de encuentro y de diálogo amoroso y entrañable que cada día se renovó a través de un humilde trapo de cocina pasado por una mujer y que le permitió a Quino vivir, a su modo, en las aulas de FFyL a través del español para extranjeros, y en el corazón y memoria de quienes lo admiramos por ser “uno de nosotros”. Gracias a su madre y buen viaje, querido Quino.

Quino

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