“En nuestra disciplina se denomina clásico a aquel que con su obra permanece como un contemporáneo. El pensamiento de uno de tales clásicos es como el núcleo en ebullición de un volcán que va depositando como escoria las distintas fases de su biografía. Esta imagen nos la imponen los grandes pensadores del pasado cuya obra resiste el cambio de los tiempos. Por contra, nosotros, los filósofos contemporáneos, que no somos más bien otra cosa que profesores de filosofía, permanecemos tan sólo como contemporáneos de nuestros contemporáneos”.
Jürgen Habermas, Entre naturalismo y religión, p. 20
Ha muerto el filósofo contemporáneo por excelencia. Prácticamente todos quienes podemos ahora reflexionar y recordar la obra de Jürgen Habermas hemos sido sus contemporáneos. Difícilmente haya colegas que estén leyendo esta semblanza -no sólo profesores de filosofía y de humanidades, sino también juristas, educadores, comunicadores, cientistas sociales, etc.-, que no hayan leído algún texto de Habermas. Además, con razón o sin ella, su nombre se encuentra ligado ya desde hace décadas a toda una actitud teórica y política. Términos como racionalidad, deliberación, comunicación, consenso o democracia, se encuentran en nuestras biografías indisociablemente ligados al filósofo que acaba de morir, y que con el paso del tiempo sin duda será uno de los clásicos de las próximas generaciones - si es que la humanidad aún sigue por aquí.
Como con toda muerte de un autor, además, se constituye ahora sí una obra en sentido estricto. Sin duda el legado de Habermas será objeto de análisis, clasificación e interpretación durante décadas: hablamos de la monumental correspondencia con las principales figuras intelectuales y políticas de la segunda mitad del siglo XX y el primer cuarto de este siglo, junto con los apuntes, manuscritos, clases. Se trata de una producción de más de 70 años; pero, a diferencia de otros grandes pensadores, no se trata de una producción solitaria, monológica, sino en gran medida atravesada por las redes académicas e institucionales en las que Habermas llevó a cabo dicha obra. El primado de la razón dialógica no es un deseo o un slogan, todo aquel que se haya enfrentado a la difícil y por momentos tediosa escritura de Habermas reconocerá en la letra objetivada los trazos de las conversaciones y polémicas de decenas de otros autores. Esto caracteriza el estilo de Habermas: el rigor extremo por dar cuenta todo lo posible del estado de la cuestión, incorporando todos los saberes interdisciplinariamente significativos. Dicho simplemente: la obsesión por el último libro o paper publicado que fuese relevante para la cuestión que se aborda. Este método de trabajo y de escritura sin duda representa para el lector un desafío enorme, pues en sus libros conviven los grandes clásicos de la filosofía como Kant, Hegel o Marx, junto con los mayores avances en las ciencias sociales, como por ejemplo la historia del derecho, la sociología, la antropología o la lingüística.
Con todo, lo que le ha dado mayor “fama” a Habermas, y lo que le ha convertido a él mismo en centro de polémicas, ha sido su permanente participación en la esfera pública como intelectual que interviene para defender o criticar asuntos públicos. Entre esas grandes polémicas podemos mencionar los principales conflictos bélicos de su tiempo -y el nuestro- (Kosovo, Irak, recientemente Rusia y Ucrania), la memoria del pasado nazi, la reunificación alemana, la constitucionalización de la Unión Europea, y las políticas económicas en sus diferentes administraciones, fundamentalmente en Alemania y Europa. Este doble registro de Habermas, como filósofo profesional erudito que escribe libros complejísimos y como intelectual público que interviene directamente tomando posición, es sin duda el principal desafío para cualquier lector que quiera ingresar a sus ideas.
El reconocimiento de la obra de Habermas es global. Además de las traducciones de sus textos a múltiples idiomas, el filósofo visitó una gran cantidad de países y participó de infinidad de debates con académicos de todas las procedencias: desde China, Japón o Irán hasta Brasil o incluso nuestro país. Esto se debe, desde nuestro punto de vista, a la actualidad de los problemas que abordó Habermas, a partir de un sofisticado aparato teórico, construido interdisciplinariamente. En ese sentido, tuvo la capacidad para reencuadrar los grandes temas de la filosofía occidental en el horizonte interpretativo de una filosofía posmetafísica que dialoga con las ciencias y que es producto de un determinado desarrollo de la modernización social. Evocando su primer trabajo académico, su tesis doctoral sobre Schelling de 1954, podríamos decir que la filosofía de Habermas intentó ir más allá de idealismo y materialismo, esto es, articular “lo absoluto y la historia”.
La dimensión biográfica de su pensamiento es pública. Nacido el 18 de junio de 1929 en Düsseldorf, y criado en Gummersbach, cerca de Colonia, Habermas creció con la crisis: el fin de la república de Weimar y el fin de la fase liberal del capitalismo. Pero, además, con la crisis personal de tener una afección que le llevó a intervenciones quirúrgicas y una marca en su cuerpo y su habla, que en su infancia además le trajo burlas y la terrible experiencia de no ser entendido. Fue educado en el contexto totalitario del nazismo, y se salvó de milagro de no participar él mismo, con 15 años, en la guerra. Este acontecimiento sin duda marcó el destino de Habermas: su ingreso en el mundo adulto, por así decir, estuvo acompañado por la revelación de los crímenes aberrantes de su propio país. La República Federal necesitaba ser reeducada, necesitaba fundar una buena cultura política basada en la democracia y los Derechos Fundamentales, pero no podía apelar a una tradición cultural propia, pues las fuentes de las que beber estaban contaminadas de la mentalidad autoritaria. Esta tarea se autoimpuso Habermas.
No obstante, insistimos, no fue una tarea solitaria. Habermas formó parte de una generación que descubrió con profunda decepción cómo sus profesores y referentes intelectuales habían formado en menor o mayor medida del Régimen Nazi. Ese pasado oculto necesitado de aclaración, ese silencio ensordecedor de los victimarios -pasiva o activamente- llevó a que en 1953 escribiera “con Heidegger contra Heidegger” y, con ello, a configurar el sujeto Habermas: filósofo e intelectual público.
En razón de la brevedad que requiere una semblanza, no podemos detallar aquí el recorrido biográfico de Habermas, el cual sin embargo es bastante conocido: el breve paso por el Instituto de Investigación Social de Frankfurt como asistente de Adorno -que le llevaría hasta el día de hoy a ser etiquetado con la poco feliz expresión de “representante de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt”, su papel como referente y al mismo tiempo objeto de polémica con la nueva izquierda durante los años 1960, el descubrimiento y asimilación de la pragmática y la teoría de los actos de habla de Austin y Searle para darle una nueva fundamentación a la Teoría Crítica, el momento de revisión del marxismo y la actualización de la teoría social para el diagnóstico de las patologías sociales en la última etapa del capitalismo, su polémica con los referentes de la filosofía francesa -principalmente Foucault y Derrida-, su papel central en las discusiones alemanas sobre la memoria del pasado nazi y la reunificación, hasta finalmente, ya en nuestro siglo, el papel de la religión como motivación y fuente de sentido para la democracia cada vez más vacía de sus “fuentes utópicas”.
Antes de concluir, quisiéramos aportar algunas sugerencias bibliográficas para quienes tengan el deseo y la necesidad de pensar, a través de Habermas, nuestro tiempo.
En primer lugar, una excelente visión de conjunto de la filosofía de Habermas en su contexto la ofrece José Luis López de Lizaga con su Habermas. El intercambio de argumentos entre miembros de una sociedad es la base de la libertad (publicado en la colección “Aprender a Pensar”, RBA, 2015).
La historia política y constitucional alemana es clave para comprender la conformación y los posicionamientos filosófico-políticos de Habermas. Para ello recomendamos de Matthew Specter, Habermas. Una biografía intelectual (Avarigani, 2013).
La biografía oficial -con la polisemia que lleva el término- de Habermas es la de Stefan Müller Doohm: Habermas. Una biografía (Trotta, 2020).
Finalmente, hace poco salió la traducción de Philipp Felsch, El filósofo. Habermas y nosotros (Trotta: 2025). Se trata de un ensayo maravilloso, personal, subjetivo -como buen ensayo, pero que recorre la historia cultural alemana, y el papel de Habermas en esa cultura, no desde la mirada abstractiva del “gran pensador” sino desde la constelación de fuerzas, afectos, malentendidos y disputas que configuran un pensamiento.
En estos momentos, mientras terminan de cerrarse estas breves notas sobre la muerte de Habermas, en nuestra computadora se encuentran abiertas múltiples ventanas con infinidad de comunicados institucionales, semblanzas y comentarios en redes sociales. En el magma caótico de los millones de mensajes que circulan anárquicamente por la esfera pública aparece una novedad: el nombre de un filósofo entre los trending topics (en un lugar modesto, y por un breve período, por cierto). Pero fuera de este dato de color, lo que muchos colegas, muchos filósofos contemporáneos destacan es algo de lo que quiero hacerme eco.
Si la célebre frase de Hegel es correcta, y todo individuo es hijo de su tiempo, y la filosofía misma es su tiempo comprendido en pensamientos[1], entonces no deja de resonar simbólicamente con la muerte de Habermas, también la muerte de nuestro tiempo. El tono fatalista de esta afirmación sin duda deja entrever algo de metafísica y de Gran Historia, contra la que el propio Habermas se encargó de luchar; sin embargo, insistimos, algo resuena: no sólo Habermas ha muerto el mismo día que Karl Marx, también ha muerto cuando asistimos al agotamiento de la democracia, la solidaridad, la justicia social y el orden internacional basado en reglas y derechos comunes. El proyecto incompleto de la modernidad, del cual Habermas reconoció sus luces y sombras, pero al cual sin embargo apostó como un proyecto posible, parece haber llegado también a su fin. Como dice alguien por ahí, la vida -y la historia- se cierran abruptamente, como se cierra la tapa de un piano.
Gonzalo Scivoletto
Profesor adjunto de Fundamentos Filosóficos de la Economía y de Filosofía de la Cultura
Director de la Maestría Profesional en Filosofía y Ciencias Humanas
Facultad de Filosofía y Letras, UNCuyo
gonzalo.scivoletto@ffyl.uncu.edu.ar
1/ La cita completa de Hegel en la versión de Oward Ferrari: “Comprender-conceptualmente lo que es, es la tarea de la filosofía, pues lo que es, es la razón. En lo que concierne al individuo, cada uno es, de todos modos, un hijo de su tiempo; así es también la filosofía su tiempo comprendido en pensamientos. Es asimismo insensato imaginarse que una filosofía pueda ir más allá de su mundo presente, como que un individuo salte por encima de su tiempo, que salte por encima del peñón de Rodas”. Hegel, Principios de Filosofía del Derecho, Mendoza: EDIUNC, p. 79.