Sacerdote: “Los humanistas no podemos, ni debemos, encerrarnos en una cúpula de cristal”

La UNCuyo celebró los 80 años de vida y entregó medallas a quienes cumplieron 30 años de servicio. La Prof. Carolina Ana Sacerdote fue una de las galardonadas.

15 de octubre de 2019, 00:00.

Sacerdote: "Los humanistas no podemos, ni debemos, encerrarnos en una cúpula de cristal"

La profesora Sacerdote (de rojo) junto a los otros galardonados de FFyL. Ampliar imagen


El jueves 15 de agosto de 2019 se realizó un acto central en la Nave Universitaria, donde la UNCUYO festejó sus 80 años de vida. En esta ocasión se entregaron las medallas a las personas de la comunidad universitaria, que han contribuido con su trabajo, a lo largo de 30 años de servicio.

La Prof. Carolina Ana Sacerdote fue una de las galardonadas. La docente es Licenciada en Letras, Especialista en Ciencias del Lenguaje, en Docencia Universitaria y cursó el doctorado bienni 2001 – 2003, en el Institut Universitari de Lingüística Aplicada (IULA), Universitat Pompeu Fabra (UPF), Barcelona, España.

 

 Su inquietud intelectual

“Para mí, estos 30 años, resumen toda una vida familiar, porque soy la primera de mi familia nacida en Mendoza, debido a que mi papá fue contratado para dictar clases en Medicina y mis padres llegaron a Mendoza, cuando yo estaba “a bordo”.  A los meses, nací acá”, adelanta marcando un episodio muy particular la profesora.

Sacerdote se califica a sí misma como “una persona muy inquieta intelectualmente. No estoy para nada arrepentida de la carrera que elegí y siempre trato de buscar nuevas formas de enseñar a mis alumnos”.

Su área de trabajo es el Instituto de Lingüística: “dicto Lingüística Textual y Psicolingüística y Sociolingüística para las carreras de Letras, Traductorado de Inglés y Profesorado de Portugués”.

 

La UNCuyo: Su lugar en el mundo

Al ser consultada acerca de sus inicios como docente, Carolina Sacerdote comentó: “mis inicios como profesora se dieron en la misma escuela y en el mismo curso del cual había sido alumna. Me refiero a idioma italiano, en la división C, en cuarto año, en la Escuela del Magisterio, siendo todavía alumna de nuestra facultad. Pero si me pongo un poco exquisita en mis recuerdos, debo ser justa y reconocer que todo, absolutamente todo mi recorrido como alumna, ha sido en la UNCuyo. Es por esto que para mí no se trata de 30 años: son muchos más; yo, al igual que mis hermanas María Eugenia y Daniela, hice la escuela primaria en el Magisterio primario, hoy llamado Vera Arenas, totalmente diferente del de entonces, que era familiar y con un curso por grado (en Whatssapp tenemos el grupo y las juntadas dos veces por año; y también tengo el de secundaria, y nos vemos, y es un grupo muy comunicativo). Para retomar lo de mi ingreso a la UNC, fue como profesora interina, todavía alumna de la facultad, fue un interinato que duró 10 años; luego, recibida como profesora de Letras, hice adscripción de dos años en la cátedra “Elementos de Lingüística general” de nuestra Facultad, materia del plan 75, y rendí examen con tribunal (en el año 1994), sin dejar de dar clases de Italiano. Cuando se comenta que, en general, se entra fácilmente a dar clases, yo por mi parte no me amedrento al decir que no es ni fue mi caso. Con el tiempo, fui nombrada JTP Simple.

 

El duro camino de la formación

La Dra. Sacerdote nos contó que “para subsistir, daba clases en escuela media y sí que corría, como tantos colegas. Por ejemplo, salía del Magisterio a las 12: 55 y entraba a otra escuela, en la cual sigo dando clases, Escuela Manuel Belgrano, a las 13: 45; en fin, sin auto y caminando, pasaba por casa. Por suerte, muchos tenemos un “monumento” en la casa: las madres, que nos ayudan en estos recorridos y, con algo rico y casero de almuerzo, se soluciona casi cualquier cosa. En el medio de todo, debemos comenzar nuestra formación para dictar clases en la universidad y, sin darnos cuenta, se va pasando el tiempo, en tanto nos formamos y comenzamos a recoger la siembra. Hubo, sí, decisiones que tomar; consejos dados y recibidos, opciones personales y los tan temidos concursos. Los chicos que quieren entrar o nos ven, no logran darse una idea cabal de lo que significa estar, literalmente, pensando fechas de resúmenes de congresos, cronogramas de clases, grupos de investigación y otras responsabilidades. Se trata de un juego difícil, en el cual no todo depende de nosotros. Hay que ser consciente y decirlo”.

 

El eterno examen

Cuando le preguntamos acerca del desafío de desempeñarse en nuestra facultad, sin dudar, afirma que el mismo es tal, que “aún hoy me dan nervios los inicios de cuatrimestre. Se trata de un examen que nunca termina, pues somos constantemente evaluados por alumnos y colegas”. Además añadió que “me gusta establecer una importante diferencia entre dar clase en la universidad y ser profesor universitario. Este último debe interesarse no solo por su disciplina, sino también debe acompañar a colegas de otras áreas en sus presentaciones de libros o en clases inaugurales de congresos que se realicen, por ejemplo, en nuestros horarios de consulta, y para no entorpecer otras obligaciones”. “Pertenecemos a las Humanidades -continuó- y no podemos ni debemos encerrarnos en nosotros mismos, como el poeta en su cúpula de cristal. Y, si tengo en cuenta que trabajo con aquellos que fueron mis profesores, la responsabilidad es mayor: no puedo defraudarlos”.  

 

La emoción del legado familiar

Las anécdotas son muchas y se me agolpan, pero voy a priorizar algunas. En primer lugar, la alegría y emoción de mis padres cuando rendí clase pública de Profesora Adjunta. Provengo de una familia de profesores universitarios (mi papá lo era en Medicina) y creo que no pudo disimular su orgullo. En segundo lugar, haber despertado vocaciones en la Escuela Secundaria, haber tenido esos alumnos en la universidad y, luego, haber compartido, con ellos, mesas de exámenes en la escuela Belgrano, en la cual fueron mis alumnos: ¡un lujito! . En tercer lugar, haber sido profesora de alumnos cuyos padres fueron alumnos del mío. En cuarto lugar, los viajes a Congresos: ¡Imperdibles! Ahí vemos que todos somos, al fin y al cabo, personas de carne y hueso, sin importar la edad. Los viajes favorecen el trabajo cómodo, el respeto y la amistad entre colegas, que sí son posibles, como sucede en mi trabajo.

 

El orgullo de pertenecer

Para finalizar, la docente e investigadora explicó que “Mendoza cambió con la creación de nuestra universidad y ojalá que las jóvenes generaciones logren darse cuenta del significado cabal de pertenecer a la UNCuyo, a través del respeto a las opiniones diversas, sin incurrir en acciones o pensamientos de violencia o discriminación.

La medalla

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